Las empresas y organizaciones, como entidades vivas puesto que de personas vivas están formadas, pasan por determinados estados de ánimo, situaciones de energía y fases de mayor o menor entusiasmo, felicidad, tristeza y sufrimiento.

Me preocupa especialmente aquello que hace sufrir a la empresa, y por empresa ten en cuenta que puede ser muy grande o muy pequeña, puede ser un punto de venta de cualquier temática, no creas que esto es algo que solo se da en grandes corporaciones. Pienso contigo en voz alta, algunos de esos sufrimientos que puedo observar en muchos sitios:

5 La empresa sufre cuando no hay un sentido de las cosas, en el día a día.

6 La empresa sufre cuando los jefes son verdaderos vendedores de miedo.

7 La empresa sufre cuando al gran jefe es mejor evitarlo no vaya a ser que tenga uno de esos días en los que es mejor no cruzarse con él.

8 La empresa sufre cuando los criterios son inestables y cambiantes.

9 La empresa sufre cuando el conformismo es la tónica habitual.

10 La empresa sufre cuando no hay explicaciones a los problemas que preocupan a las personas.

11 La empresa sufre cuando nadie quiere asumir responsabilidades, empezando por los jefes y acabando con las responsabilidades de cada trabajador.

12 La empresa sufre cuando no se permite la autonomía y la iniciativa.

13 La empresa sufre cuando la visión está eminentemente basada en el corto plazo.

14 La empresa sufre cuando se alimenta la envidia y el enfrentamiento entre unos y otros.

15 La empresa sufre cuando, realmente, nadie conoce a nadie.

16 La empresa sufre cuando nadie coge el teléfono antes de que suene 3 veces.

17 La empresa sufre cuando la sonrisa y el buen humor no es la expresión habitual.

18 La empresa sufre cuando los resultados empresariales son un secreto.

19 La empresa sufre cuando las personas no tienes un objetivo bien definido.

20 La empresa sufre cuando la estrategia es conocida solo por unos pocos.

21 La empresa sufre cuando se premia más a quien más trabaja sobre al que mejor trabaja.

22 La empresa sufre cuando no hay horarios claros y las personas no tienen un mínimo tiempo de calidad fuera de la empresa.

23 La empresa sufre cuando se premia el presencialismo por encima de la eficacia y la productividad.

La empresa sufre cuando las personas ya no quieren aportar nada nuevo porque saben que no sirve de nada.

25 La empresa sufre cuando la rotación es especialmente alta, cuando todo el mundo es bastante nuevo.

26 La empresa sufre cuando en verano hace mucho calor o en invierno mucho frío y a nadie parece preocuparle.

27 La empresa sufre cuando el tono en el que se habla es más alto de lo normal.

28 La empresa sufre cuando las personas que la integran dejan de hablar de “nuestra empresa” y pasa a ser “la empresa”.

Apenas son un puñado de pensamientos, seguro que tu estás pensando en otros muchos.

De todos depende que estos estados de ánimo se alteren hacia situaciones mejores, pero un cambio de esta índole difícilmente se produce de abajo hacia arriba, más bien todo lo contrario, debe ser la mayor cabeza visible de la organización quien muestre el cambio deseado de forma ejemplar para que pueda fluir en todo el organigrama.

Estamos, una vez más, ante una de esas situaciones que nadie quiere reconocer en su empresa, y precisamente ese es el primer paso para salir adelante.
Te deseo lo mejor

Hace un tiempo llegó a mis manos un libro sobre el liderazgo de los jesuitas, escrito antes de que el Papa Francisco ocupara su responsabilidad actual. Dado que el Papa es jesuita, las reflexiones que encuentro en el libro toman mayor mayor trascendencia en mi caso, pues aprecio en Francisco algunas de las ideas que voy aprendiendo.

El libro es “El liderazgo al estilo de los jesuitas”, escrito por el norteamericano Chris Lowney que fue seminarista jesuita antes de ser director general en JP Morgan & Co. Me ha gustado mucho este libro, que desgrana aspectos relativos al liderazgo de esta Compañía de Jesús fundada en 1534 por Ignacio de Loyola. Comparto contigo algunas ideas:

Los cuatro valores del liderazgo jesuita que transmiten a sus aprendices han sido desde un inicio:

1 Conocimiento de si mismo. Formaron a su gente para que comprendieran sus fortalezas, sus debilidades, sus valores y que tuvieran una visión del mundo.
2 Ingenio. Esto es que innovaran confiando en sus posibilidades y se adaptaran a un mundo totalmente cambiante.
3 Amor. Entendido como el trato al prójimo con amor y una actitud positiva.
4 Heroismo. Asimilando este concepto como el fortalecimiento personal de la persona y si entorno con aspiraciones heroicas, es decir a que fueran ambiciosos en sus propósitos, convencidos de que el rendimiento de la más alta calidad se obtenía cuando los equipos y las personas apuntaban más alto.

Estamos hablando de cuatro principios que dan forma a una manera de vivir.
Además Lowney afirma algo que yo he subrayado de forma especial: “Los jesuitas, en lugar de hablar de liderazgo, lo practicaron.” Me parece tan necesario recordar este hecho hoy en día, que haré hincapié en este asunto en el libro que escriba.

Para los jesuitas el liderazgo no es algo que se restringe al trabajo o la dirección de organizaciones, sino que se da en el día a día y en las actividades ordinarias de las personas, e históricamente prepararon a los novicios para ser líderes, de forma que:

1 Todos somos líderes y dirigimos todo el tiempo, bien o mal.
2 El liderazgo nace desde el interior de las personas. Determina quién soy.
3 El liderazgo no es un acto, sino que es mi vida, una manera de vivir.
4 Nunca termina la tarea de hacerme líder. Este es un proceso continuo.

Es una lectura tremendamente inspiradora que te invito a realizar si tienes inquietud por estos temas.

Un abrazo.

Nunca he visto un capítulo de “Juego de tronos”. No me llama la atención. Quién sabe, quizás vea uno un día y entonces enloquezca y quiera verlos todos seguidos. Yo soy más de Expediente X y The Office, la verdad, pero no vengo para hablar de televisión.
Vengo a hablar de tronas.

Las tronas son marketing, forman parte de la experiencia, son esenciales para muchos clientes, consumidores y usuarios. Y en mi familia lo estamos experimentando en primera persona.

Nuestra pequeña hija hace unos meses que se puede acomodar fácilmente en una trona cuando salimos a comer fuera de casa. De hecho a partir de ese momento nos animamos a salir tras mucho tiempo sin hacerlo. Nunca pensé que esto de las tronas y sus derivados podría ser tan determinante en una experiencia de compra.

Las familias con niños en edad de trona, acudimos muy preferentemente a los locales de hostelería en los que hay estas sillitas para niños pequeños. De hecho cuando reservas una mesa por teléfono, procuras asegurarte de decir que somos no sé cuantos adultos y una trona por favor. Y espacio para un carrito de bebé (lo cual es otra historia).

Y supongamos que hay trona. Y resulta que no todas las tornas son iguales.
Partiendo de la base de que cualquier trona es mejor que ninguna, queridos restauradores y hosteleros en general, no compren ustedes tronas de Ikea. Me encanta Ikea, en la casa de los abuelos tenemos tronas de Ikea, funcionales y económicas, pero su diseño con las patas tan abiertas no han sido pensadas para un espacio en el que muchos camareros se mueven con rapidez. Y de repente uno tropieza con una de las patas, y la trona se mueve bruscamente, y el bebé se asusta y llora, y los papis se sobresaltan y el camarero queda en una situación peculiar… Por tanto, por favor, si quieren familias, compren tronas en condiciones.

Y he dicho compren, porque reutilizar la que uno ya tenía en casa no suele ser una buena opción. En esto de las tronas, se nota mucho cuál ha sido diseñada para un uso “industrial” de un uso doméstico. Y efectivamente, esas de uso doméstico están pensadas para su uso en el hogar, con asientos de tela que se pueden lavar, recovecos y demás particularidades… que si no reciben un buen mantenimiento se consigue que uno diga: “mi hija en eso no se monta hasta que alguien lo desinfecte”. Así está el patio.
El mundo de los cambiadores es otro universo muy interesante. Si hay algo que una familia con bebés necesita es que exista un cambiador. Muchas veces están en los aseos… de las mamás. Y cuando papá quiere cambiar el pañal, pues la situación es difícil. No es complicado y además es más cara la insatisfacción y el estrés de dónde cambio al niño que el coste de unos cuantos cambiadores.

El trío de necesidades de las familias que van de compras y consumo con un bebé pasa por la sala de lactancia. Y el nombre es “sala de lactancia”, y no algo del tipo: “sala con un sofá mugriento sin intimidad alguna, un microondas que da más asco que el de un piso de estudiantes y un cambiador que uno quiere pensar que forzosamente conoció tiempos mejores”. Pues no, a esto último lo llaman también en muchos sitios “sala de lactancia”. Ya lo escribí en mi libro “Objetivo: vender más”. Mal, muy mal, esto no ayuda e impacta en la experiencia de forma transversal.

En relación con esto de las salas de lactancia hay un fenómeno del que solo eres consciente cuando necesitas acudir a una en cuestión: en muchos centros comerciales y grandes establecimientos no calculan bien (o no saben, o no quieren calcularlo) la demanda de este tipo de instalación. Es vergonzoso que haya a veces más cola para entrar que en los aseos de una discoteca en hora punta.
Y todo esto, queridos amigos, forma parte de la experiencia de compra. Y si no se hace bien, uno sale del sitio pensando que aquí mejor intentamos no volver.

No me cansaré de decirlo: “Retail is detail”. Y fin.

Te deseo lo mejor.